Es un placer conocerte, pequeño lector. Mi nombre es Ernest Ribau Berthrod.
Si ya estás pensando en de dónde narices será este tipo, si francés, ruso o pakistaní, creo que no te conviene seguir leyendo, puesto que es lo de menos.
Bien. Todo este rollo de los blogs, cosa cargada de literatos de colilla y taberna, siempre me ha parecido cosa burda y fugaz. Sobre todo cosa hipócrita. Como yo. Y como literato de pacotilla y cínico redomado, no sufro vergüenza alguna al postear (dios mío, ¿qué es eso?) mientras pongo a parir a quien lo hace. Vamos, que ni colorado.
Pero este no es el caso, para nada, de mi intención de sembrar algo de mi paso por la vida en los aledaños del WordPress. El caso es representar ciertas escenas de la vida que me han parecido dignas de relatar, y que espero os desagraden tanto como a mi. Que no es poco. Por eso en muchos casos los nombres serán ficticios, y cualquier coincidencia con la realidad será realizada a propósito. Y con mala fe.
Eso sí, a poder ser abstenerse de comentarios políticamente correctos (qué manidas estas palabras…) ya que me gusta hablar de manera realista. Digamos que ciertas palabras que en lugares públicos están mal vistas las emplearé. Eso sí, trataré de que todas estén en el diccionario.
Concreción.
Experiencias, sí, sexuales. Y sus derivados. Esos serán mis cuentos, probablemente poco soportables, mi aportación infravalorada y precoz sobre lo que a los hombres como yo, que espero no sean muchos, les pasa por la cabeza. Por las dos. Método recomendado por el Instituto de Reprimidos de Seattle (todo ocurre en Seattle) para eyacular esas ideas fetichistas y depravadas que nos rondan o hemos llevado a cabo.
Así que sin más.
