Carnaval, carnaval
Hubo un tiempo en que durante las festividades de carnaval los jóvenes nos disfrazábamos con ropas de monjes y porras de plástico. Golpeábamos a las chicas y cantábamos el “Organuspópulus” con voces guturales. La historia transcurre en una de estas situaciones. Intimamos el grupo de monjes con un grupillo de jovencitas que también estaban disfrazadas. Alguna diablesa-sexy, vampiresa-sexy, enfermera-sexy. Y aunque esto parezca extraño, no puede ser otra cosa que cierto: mientras el hombre utiliza el carnaval para disfrazarse de algo divertido, la mujer siempre lo hace de manera que pueda seguir provocando las envidias y miradas del sexo opuesto. Obviamente para ello no elige disfrazarse de gallina Caponata o de niña del exorcista (bueno, eso tal vez sí tenga su morbillo…), sino de los clásicos estereotipos de mujer que atraen a un hombre (muchas veces a causa de malas películas porno, todo hay que decirlo), pero que funcionan a la perfección. Por eso en su mayoría utilizan la enfermera, vampiresa, diablesa, barbarellas (porque si fueran trogloditas de verdad, se les congelaría el culo), brujas, cabareteras y, por supuesto, personajes de televisión o sex-symbols, léase una Marilyn Monroe o una Tomb Raider, como era el caso.
Sí, de eso se trata, de una belleza femenina de cortos y ceñidos pantalones, camiseta corta y pechos bien marcados, pelo trenzado y un par de pistolas.
La chica era simpática, pero llamaba la atención no por ello, sino por sus cualidades físicas. Tonteamos un poquillo, y ella estaba muy metida en su papel, disparaba ficticiamente con la pistola posando, pecho arriba, yo hacía como que trataba de secuestrarla con mi hábito, y me pareció que nada la importaba, que era feliz gustando a los demás, que era feliz porque sabía que gustaba a los demás. Creo que exactamente era feliz sabiendo que a su alrededor había gente que quería follarla, con todas las letras, sin ñoñerías ni carantoñas.
Para mí, creo, fue una suerte el que me eligiera de entre todos, claro que alguno ya se había largado con su vampiresa, y más aún que mis padres no estuvieran en casa. Se vino conmigo después de convencerla de que la lluvia estropearía su disfraz, y de que en mi casa estaríamos bien, pero ambos sabíamos lo que había.
Al llegar me fui, con picardía, a la habitación, me senté en la cama y me quité el disfraz. Ella me siguió y se sentó sobre mí. Se frotó durante minutos, gozando, como una diva por la que su fan número uno ha pagado millones por una noche. Me tumbó de un empujón y jugó con las pistolas, las pasaba por todo su cuerpo, tenso y excitado, apretaba sus tetas, pero no me miraba, le importaba un carajo lo que yo hiciese, ella se miraba a sí misma, le gustaba lo que se estaba haciendo y sabía que a mí me gustaba. La dejé hacer durante el tiempo que quiso. Se desnudó poco a poco, mientras huntaba su entrepierna sobre la mía, cada vez más frenética, se deshizo de la camiseta y las pistolas. Luego se abalanzó sobre mí y nos besamos durante otro rato. Yo gocé estrechando sus pechos, eran preciosos. Sería una 95 copa C (aproximadamente, sin entrar en detalles…). Luego se levantó, me desconcertó un poco porque ella sola, con su pantaloncito de Tomb Raider menguado por los movimientos (eran casi unas braguitas arrugadas), a cuatro patas, se contoneaba, mirándome. Me estaba invitando a que la penetrase, muy excitada con ella misma. Me incorporé y busqué la cajetilla de condones de la mesilla, me puse uno (ella mientras tanto seguía semigimiendo, contoneándose). De pie, la apreté hacia el borde de la cama y abrí espacio por entre su pantaloncillo. Estaba muy lubricada, así que realicé una incursión por el mapa de la zona, esquivando obstáculos. Resolví el puzzle de la estancia y conseguí el tesoro escondido, la así por sus muslos y la apreté contra mí, penetrándola hasta el fondo. Ahora sí que gimió. Se movía rítmicamente y se miraba a ella misma, miraba sus pechos, tocaba la tela del pantalon, y agitaba su trenza. Me excitaba mucho y sentí un impulso: la aferré por la trenza y tiré levemente hacia mí. Ella gozó y trató de incorporarse, mirando hacia detrás, como buscando al culpable de que la agarrasen del cabello. Con la otra mano abarqué su pecho cercano. La embestí velozmente, la hice chillar más y más, la tiré un poco más del cabello, la embestí de nuevo con fiereza, congestioné su teta, empujé de nuevo, sentí su trenza, escuché su voz sobresaltada y fuera de rango y finalmente desaparecí con fuertes espasmos de penetración y afianzamiento de sus pechos y cabellera.
Se quedó un buen rato tumbada tal cual, en la cama boca abajo, terminando de gozar y con los labios entreabiertos. La miré y pensé que me acababa de follar a la mismísima Lara Croft.
Ella, en cambio, creo que gozó con ella misma, me pareció de esas mujeres a las que las gusta más verse mientras las follan que el follarlas en sí mismo. La hubiera dado igual quién hubiera sido.
Yo, sin duda, subí de nivel.