Blog de Ernest Ribau Berthrod

Abril 10, 2008

Experiencias profesionales (I)

El hombre pierde dos veces la virginidad, una con su pareja o amante y otra con una profesional (no siempre por ese orden). Lo que si es claro es que ambas experiencias son reseñables y por eso hay que hacer mención.
En mi caso, digna mención.
En situación: digamos que tomar un refrigerio en un burdel era algo ocasional, por no decir habitual, entre el grupo de amigos. Digamos que era divertido. Solía terminar muchas noches en antros de esa índole, acompañado de Rodrigo, por ejemplo. Rodrigo era hombre gracioso e impulsivo, echao p´alante, asturiano y poco agraciado. Esa noche habíamos tomado ya unas cuantas copas y llegamos al lupanar algo tullidos de cordura, pero repletos de alegría.
En nuestra juventud las mujeres de mal vivir suelen acercarse con bastante presteza. En aquella ocasión con la primera copa de güisqui se arrimaron dos brasileñas. Ambas rubinhas y de silueta atlética pero delicada. La suya con más delantera y la mía con mejor idioma. Hablar era lo que normalmente hacíamos con estas señoritas (por eso algunas terminaban por mandarnos al carajo), y eso fue lo que hicimos. Yo les contaba entre risitas que mi cualidad de poeta maldito terminaría por llevarme al éxito, aunque fuese post-mortem. Mi amigo Rodrigo fue por una noche, como yo, un virtuoso músico que pondría melodía a mis palabras, también de exitoso modo. Ellas, en su amplio conocimento poético y literario, se reían. La de mayor envergadura pectoral creo que lo hacía porque no entendía nada, o bien poquito. Ellas dijeron que eran hermanas. Nosotros quisimos creerlas, pero aún no estábamos borrachos (no se parecían en nada).
Le recité a mi brasilera unos versos de Bécquer, no recuerdo cuales, es igual, y sonrió. Qué fácil es ligar en un local de alterne, un par de versos y a la cama. Casi como en un local normal…
Un par de copas más tarde el jovial Rodrigo me pidió capital contante y sonante, al oído, para poder disfrutar en la intimidad de la brasileña. Yo nunca pude negar nada a un compañero de andanzas, y menos cuando era algo que estaba en mi mano. Le pasé los billetes que me quedaban y se largó, enormemente agradecido y perjurando la reintegración del importe, mientras apretaba a la joven contra sí. Entonces me quedé junto a la barra con la brasilera y me propuso hacer lo propio, lógicamente. Lo habitual hasta entonces siempre había sido terminar el güisqui en curso y retirarme, pero creo que fue el estúpido valor que te da el alcohol el que me impulsó a dar el paso. La miré de arriba a abajo. Rubia, pelo largo, ropita ajustada, un buen culo… Eso también ayudó.
Cuando llegué a la “caseta de cobro” me hallé sin un duro, ella me dijo que una hora, tanto, y se pegó a mí. Momentos después estaba pagando con tarjeta y firmando un recibo, como si acabase de hacer la compra del mes en Carrefour.
Un cuarto con baño. Me llevó al vidé y me pidió que me lavase un poquito. Me bajé los pantalones y así lo hice, la pobre chica tenía derecho a, por lo menos, pizca de higiene. Luego se me pegó como un pulpo, me desnudó enterito y se arrodilló para gestionar mi erección. Ella, durante un buen rato, negoció con mi pene y llegó a un acuerdo oral muy generoso. Deslizaba sus manos por mi vientre y pecho. Detuvo su boca y me dijo que estaba muy atractivo, o algo así (tenía unos buenos abdominales, en aquellos tiempos). Disfruté pensando que a ella le podía gustar también lo que le estaba haciendo, pese a conocer los pormenores de las transacciones dinero-sexo. Me puso un preservativo, muy profesionalmente eso sí, diría que casi mejor que yo mismo, y me tiró sobre la cama. Luego terminó de desnudarse y se sentó sobre mi entrepierna. Botó durante otro buen rato mientras disfrutaba de su cuerpo y de sus caderas, de su movimiento pélvico y del tacto de su trasero bajo mis dedos… Comencé a perder la razón a causa del placer. Ella debió percibirlo y escapó de mi lujuria. Me incorporé y ella me dio la espalda, más bien su redondo y perfecto culo. La aferré deseoso por las caderas mientras ella arqueaba la espalda y volví a penetrarla, oscilábamos frenéticos, golpeando rítmicamente mi cintura contra sus gluteos. No pude más, ella gemía y gemía, me decía cosas que o no entendí o he olvidado, y la apreté contra mí con vigor. Con rigor.
Aún nos quedaron unos minutos para fumar un cigarrillo juntos, desnudos sobre la cama. Ella me preguntó de nuevo por la poesía y a mi ya no me apetecía seguir con la historia. Dijo que su novio la escribía poemas al móvil e insistió en que viera alguno.
No sé qué le haría su “novio” en la cama, pero lo que era poesía, poquita.

P.D.: Mi amigo Rodrigo tuvo una buena experiencia también, de hecho repitió varias veces, después con otras, y aún suele optar por la opción del pay-per-sex. Nunca me devolvió aquel dinero.
Yo no volví a ver a la brasileña.

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