Qué recuerdos.
De Ana aprendí muchas cosas sobre las mujeres. No sé si sobre todas en general o sobre las que estaban tan piradas como ella solamente. Pero como en todo, siempre se aprende algo.
Como decía, de Ana aprendí lo que era una buena felación. Nunca supe por qué pero a aquella pequeña chica, mediría 1´60, le encantaba meter mi miembro en su boca.
A este respecto hay opiniones de toda índole. Dicen que a una mujer es imposible que le guste que le metan una polla, y si es grande menos, en la boca. Trataré de decirlo de manera menos soez. A la mujer, dicen, no le gusta que le inserten por el orificio bucal miembros sexuales masculinos.
De tomar esta afirmación por acertada, la chica que realiza tal acto debe hacerlo por algún motivo particular alternativo.
1.- Porque espera ser recompensada con el viceversa.
2.- Porque quiere ser actriz porno.
3.- Porque sabe que si lo hace bien, y sobre todo mucho, ese hombre no se le escapará.
4.- De manera altruista porque ama a su pareja y le desea el mayor placer.
5.- Trauma infantil (incluye las demás opciones que se le puedan ocurrir al lector)
Ejem.
El caso es que Ana no entra en ninguno de estos casos. Solamente una vez hubo cunilingus, pese a todo ni madera (ni cuerpo) de pornostar tenía. Si pensaba que no me iba a escapar, obviamente se equivocó. Y si fue de manera altruista, bravo por ella, consiguió lo deseado. El trauma infantil/familiar es una opción nada desdeñable, aunque entraría dentro de la enfermedad mental, y no me gustaría pensar que me aproveché de una enferma… Aunque lo estuviera.
Prefiero pensar, y me inclino, en que ella encontraba algún tipo de placer. Conozco tipos que se pasarían horas lamiendo clítoris y serían los más felices del mundo, me extraña pensar que no haya mujeres en el mismo caso.
La cuestión. Nuestro primer encuentro carnal fue en un local de tres al cuarto, semivacío y por semana. Ella era camarera de otro bar y tonteamos. Íbamos hasta su casa, pero en el antro nos precipitamos. Sentado sobre un sofá, copa de güisqui en mano, en semipenumbra, Ana se pegó a mí y comenzó la vorágine. La verdad es que tenía una boca pequeña incluso para besarla, recuerdo, lo cual no hacíamos mucho. Me metió mano pero bien. Me alteró la situación, pero estaba algo borracho y terminó por darme igual. Si a ella no le importaba…
Me frotó sus pechos redonditos y pequeños y descendió su cabeza hacia mi pelvis. Yo no daba mucho crédito, pero así fue, abrió la caja de pandora, frotó sus manos sobre la lámpara maravillosa para después meterse en la boca al genio de la botella. Agarró levemente con dos dedos donde se une con mi cuerpo y deslizó sus labios hacia allí una y otra vez. Mientras tanto me miraba, siempre me miraba con esos ojazos desviados de su órbita. “Madre de Dios, me estoy volviendo loco”. Como la boca estaba hecha a escala suya, le costaba trabajo llegar al final. Ahora pienso que le oprimiría en la garganta, pero en ese momento solo disfrutaba de lo que me pareció la típica guarra.
Uno está acostumbrado a realizar esas operaciones en los míticos “previos”, y a que sea, con suerte, algo cortito y excitante. Por eso, al ver con pleno placer que no detenía su frenesí, traté de mover su cabeza hacia arriba para retirarla. Ella seguía mirándome, separó un momento y me preguntó si tenía condones.
Creo que nunca he llevado condones encima. Paradójico.
Con mi negativa, ella volvió al trabajo. Y hacía muy bien su trabajo, de veras, no creo que pueda olvidarlo. Realmente no creo que pueda olvidaros a ninguna…
Cuando mi zenith llegaba se dio cuenta, se levantó y yo traté de dejarlo, pero siguió con la mano hasta que salpiqué su camiseta, henchido de orgasmo.
Ana era algo fuera de lo normal, como digo, ya que poco después inahuguré su ducha. Realizó la misma operación, pero esta vez no hubo detención manual. Mientras que la cascada me caía por la cabeza, observé cómo la llenaba de mis líquidos, arrodillada en la bañera. Qué imagen.
Después me preguntaría por si me había parecido algo “ratonero” (textualmente), me dió la sensación no de que a ella no le gustara, sino de que no estaba segura de que a mi me gustase. Curioso, pero pareció aliviada cuando enérgicamente la felicité por el inmenso placer. Incluso sonrió.
Un par de veces hicimos el amor, las noches siguientes (lo cual no quere decir que antes no hubiera felación). La semana que siguió, me dijo, tenía el periodo. Ella misma se vio en la obligación, me dijo, de no dejarme dormir sin eyacular y me propició mamada tras mamada. No seré cínico (bueno, por 5€ si lo desean, lo seré), a mi me encantaba.
Pero (siempre hay un pero) la pobre chica tenía un desajuste mental u hormonal muy grande. No sé si el sexo la mantenía algo dopada o le hacía bien, pero la cosa comenzó a degenerar. Ella era muy inestable, tenía prontos bruscos, vocingleros, nos fuimos alejando.
La última noche que estuve con ella (ya estaba con otra mujer, pero borracho como un perro acudí a su puerta) entré y, sin preguntar, me bajó los pantalones frente a su cama, se sentó y me la chupó de nuevo hasta correrme.
Cuando se me pasó la borrachera me desperté y pensé “¿Qué coño estoy haciendo aquí de nuevo?”. Y me largué.
Bien poco recuerdo de sus conversaciones, si es que las hubo y no me las inventé. Escribía poemas y prosa poética, al menos decía ella. Digamos que no era muy buena en eso.
