Blog de Ernest Ribau Berthrod

Marzo 18, 2008

Mi primera vez (¡Cuidado con el topicazo!)

Allí estaba ella, preciosa como una princesa enfundada en telas bordadas por los animalillos del bosque. Y una mierda. Aquel día llevaba preparándose casi un mes. Una fecha señalada, el solsticio de verano, la noche de San Juan, el fin de las clases. Lara me había exigido casi textualmente que por Dios y por la Virgen (qué gracia) la llevara a una habitación de hotel a perder su virginidad. Conmigo, un chaval dos años mayor que ella, de pelo largo, delincuente, estrafalario y algo chiflado.
Por supuesto no la defraudé, yo también la deseaba y llevábamos ya tiempo juntos. La verdad es que estaba como un pan. Recuerdo que aquel día se vistió de prostituta. No era muy extraño en ella, la verdad, ni lo es en las jovencitas de 15 y 16 de hoy. Iba igual vestida el día que empezamos a salir, sabía que ese día la iban a penetrar, le gustaba saberlo y que los demás lo supieran. Para que luego digan que el hábito no hace al monje.
El caso es que ella me dominaba, siempre lo hizo, era su efebo (que no su eunuco al menos), y lo siguió haciendo. Una lástima que después de años no supiera la de cosas que sucedieron a sus espaldas (para otro día). Al menos yo sé algunas de las que sucedieron fuera de mi alcance.
Compramos una cajetilla de tres condones, en una máquina automática para no quedar en evidencia, pensaba yo, y subimos a la habitación del Hotel París. Serían las 5 de la tarde. Yo vestía de punta en blanco, de lo poco decente que tenía, hasta me había pasado un agua por el pene. Yo también quería que todo fuera perfecto, y todo el mundo sabe las cosillas que pueden criar entre las pieles de alguien que no solía (pese a su adolescencia) masturbarse en demasía.
Al entrar en el cuarto ella estaba cachondísima. Yo tardé treinta segundos más en estarlo. Lara y yo nos medio desnudamos, juntos, tocándonos con presteza. Sobre ella, sin camiseta, me desbordé y terminamos de despojar las ropas.
Lucía un cuerpo precioso, terso y joven, unos pechos grandes para su edad y su pelvis estaba bastante recortadita. Me lo pidió y me puse uno de los preservativos, obediente. Luego me pidió delicadeza y la joven comenzó a sonrojarse en cuanto acerqué el jugoso látex por su vagina. Pareció por unos momentos como si algo la hubiese hecho daño, pero su cara estaba algo descolocada. No me miraba, ojos cerrados y labios mordidos, sólo disfrutaba. Empujé varias veces, excitado también, por supuesto. Y pensé “¿esto es hacerlo?, bueno, pues es como en las películas.” Me mandé callar cuando ella gimió. ”Concéntrate”, me dije. Me volvió loco con sus gemidos. Tiempo después me daría cuenta de que es lo que más me enloquece de follar con una mujer. Bueno, de lo que más.
Sin duda ella se iba. Apreté el paso, la embestí fuertemente y disfrutó más. Pensé en lo mucho que la estaba gustando, por una vez era sincera, me empujaba con sus manos sobre su cuerpo, frenética. Luego se sobresaltó, miró hacia ningún sitio y supe que había tenido un orgasmo. Bueno, ella sabrá, yo creo que sí, y así lo contaré (ahora las mujeres piensan que somos gilipollas, es mejor que pensar que no nos importa). El caso es que poco después yo también me corrí. Lo raro es que tardé un buen rato, creo que había sido demasiado forzado, tenía la cabeza en otros lares, quizá nervioso, y me costó concentrarme. Pero luego hubo paz.
Durante el pitillo de después vi que las sábanas habían adoptado un color rojizo en la zona cero. Tonto no era, pese a que ella lo trató de tapar rápidamente. Nunca le dije nada sobre eso, y sería una de las pocas ocasiones donde debió pasar algo de lo conocido como vergüenza. Puede que solo un poquito de pudor. Volvió a enamorarme. Porque sí, yo estaba enamorado.
Un buen rato de achuchones después volvimos a la carga y, resumo, en el momento crítico, o sea, al poner el condón, se me rompió. Ahora no creo que realmente se rompiera, pero fue lo que me pareció. Lo tiré y me puse el que quedaba, con mayor delicadeza. Me costó darme cuenta de que se desenrollaba por fuera.
Esta vez ella se montó sobre mí. Creo que duramos más tiempo.

Aún no había anochecido cuando dejamos la habitación. Ella bajó cabizbaja, como queriendo ocultar la marca de que la habían desvirgado de sus mejillas. Cosa que la duró varios días. Fue algo que me enamoró, la humanidad que aquellos días Lara tenía. Durante aquella temporada fue una mujer. Poco después le cogió el gusto y, en fin, volvió a ser como una prostituta. Pero de verdad. Y no lo digo en mal sentido, de veras, si algo saben hacer las prostitutas es dar placer sexual, y Lara no era manca.

Bienvenidos, lectores ávidos de experiencias

Es un placer conocerte, pequeño lector. Mi nombre es Ernest Ribau Berthrod.
Si ya estás pensando en de dónde narices será este tipo, si francés, ruso o pakistaní, creo que no te conviene seguir leyendo, puesto que es lo de menos.

Bien. Todo este rollo de los blogs, cosa cargada de literatos de colilla y taberna, siempre me ha parecido cosa burda y fugaz. Sobre todo cosa hipócrita. Como yo. Y como literato de pacotilla y cínico redomado, no sufro vergüenza alguna al postear (dios mío, ¿qué es eso?) mientras pongo a parir a quien lo hace. Vamos, que ni colorado.

Pero este no es el caso, para nada, de mi intención de sembrar algo de mi paso por la vida en los aledaños del WordPress. El caso es representar ciertas escenas de la vida que me han parecido dignas de relatar, y que espero os desagraden tanto como a mi. Que no es poco. Por eso en muchos casos los nombres serán ficticios, y cualquier coincidencia con la realidad será realizada a propósito. Y con mala fe.

Eso sí, a poder ser abstenerse de comentarios políticamente correctos (qué manidas estas palabras…) ya que me gusta hablar de manera realista. Digamos que ciertas palabras que en lugares públicos están mal vistas las emplearé. Eso sí, trataré de que todas estén en el diccionario.

Concreción.

Experiencias, sí, sexuales. Y sus derivados. Esos serán mis cuentos, probablemente poco soportables, mi aportación infravalorada y precoz sobre lo que a los hombres como yo, que espero no sean muchos, les pasa por la cabeza. Por las dos. Método recomendado por el Instituto de Reprimidos de Seattle (todo ocurre en Seattle) para eyacular esas ideas fetichistas y depravadas que nos rondan o hemos llevado a cabo.

Así que sin más.

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