Blog de Ernest Ribau Berthrod

Marzo 23, 2008

La obsesión de Ana

Qué recuerdos.
De Ana aprendí muchas cosas sobre las mujeres. No sé si sobre todas en general o sobre las que estaban tan piradas como ella solamente. Pero como en todo, siempre se aprende algo.
Como decía, de Ana aprendí lo que era una buena felación. Nunca supe por qué pero a aquella pequeña chica, mediría 1´60, le encantaba meter mi miembro en su boca.
A este respecto hay opiniones de toda índole. Dicen que a una mujer es imposible que le guste que le metan una polla, y si es grande menos, en la boca. Trataré de decirlo de manera menos soez. A la mujer, dicen, no le gusta que le inserten por el orificio bucal miembros sexuales masculinos.
De tomar esta afirmación por acertada, la chica que realiza tal acto debe hacerlo por algún motivo particular alternativo.
1.- Porque espera ser recompensada con el viceversa.
2.- Porque quiere ser actriz porno.
3.- Porque sabe que si lo hace bien, y sobre todo mucho, ese hombre no se le escapará.
4.- De manera altruista porque ama a su pareja y le desea el mayor placer.
5.- Trauma infantil (incluye las demás opciones que se le puedan ocurrir al lector)
Ejem.
El caso es que Ana no entra en ninguno de estos casos. Solamente una vez hubo cunilingus, pese a todo ni madera (ni cuerpo) de pornostar tenía. Si pensaba que no me iba a escapar, obviamente se equivocó. Y si fue de manera altruista, bravo por ella, consiguió lo deseado. El trauma infantil/familiar es una opción nada desdeñable, aunque entraría dentro de la enfermedad mental, y no me gustaría pensar que me aproveché de una enferma… Aunque lo estuviera.
Prefiero pensar, y me inclino, en que ella encontraba algún tipo de placer. Conozco tipos que se pasarían horas lamiendo clítoris y serían los más felices del mundo, me extraña pensar que no haya mujeres en el mismo caso.
La cuestión. Nuestro primer encuentro carnal fue en un local de tres al cuarto, semivacío y por semana. Ella era camarera de otro bar y tonteamos. Íbamos hasta su casa, pero en el antro nos precipitamos. Sentado sobre un sofá, copa de güisqui en mano, en semipenumbra, Ana se pegó a mí y comenzó la vorágine. La verdad es que tenía una boca pequeña incluso para besarla, recuerdo, lo cual no hacíamos mucho. Me metió mano pero bien. Me alteró la situación, pero estaba algo borracho y terminó por darme igual. Si a ella no le importaba…
Me frotó sus pechos redonditos y pequeños y descendió su cabeza hacia mi pelvis. Yo no daba mucho crédito, pero así fue, abrió la caja de pandora, frotó sus manos sobre la lámpara maravillosa para después meterse en la boca al genio de la botella. Agarró levemente con dos dedos donde se une con mi cuerpo y deslizó sus labios hacia allí una y otra vez. Mientras tanto me miraba, siempre me miraba con esos ojazos desviados de su órbita. “Madre de Dios, me estoy volviendo loco”. Como la boca estaba hecha a escala suya, le costaba trabajo llegar al final. Ahora pienso que le oprimiría en la garganta, pero en ese momento solo disfrutaba de lo que me pareció la típica guarra.
Uno está acostumbrado a realizar esas operaciones en los míticos “previos”, y a que sea, con suerte, algo cortito y excitante. Por eso, al ver con pleno placer que no detenía su frenesí, traté de mover su cabeza hacia arriba para retirarla. Ella seguía mirándome, separó un momento y me preguntó si tenía condones.
Creo que nunca he llevado condones encima. Paradójico.
Con mi negativa, ella volvió al trabajo. Y hacía muy bien su trabajo, de veras, no creo que pueda olvidarlo. Realmente no creo que pueda olvidaros a ninguna…
Cuando mi zenith llegaba se dio cuenta, se levantó y yo traté de dejarlo, pero siguió con la mano hasta que salpiqué su camiseta, henchido de orgasmo.
Ana era algo fuera de lo normal, como digo, ya que poco después inahuguré su ducha. Realizó la misma operación, pero esta vez no hubo detención manual. Mientras que la cascada me caía por la cabeza, observé cómo la llenaba de mis líquidos, arrodillada en la bañera. Qué imagen.
Después me preguntaría por si me había parecido algo “ratonero” (textualmente), me dió la sensación no de que a ella no le gustara, sino de que no estaba segura de que a mi me gustase. Curioso, pero pareció aliviada cuando enérgicamente la felicité por el inmenso placer. Incluso sonrió.
Un par de veces hicimos el amor, las noches siguientes (lo cual no quere decir que antes no hubiera felación). La semana que siguió, me dijo, tenía el periodo. Ella misma se vio en la obligación, me dijo, de no dejarme dormir sin eyacular y me propició mamada tras mamada. No seré cínico (bueno, por 5€ si lo desean, lo seré), a mi me encantaba.
Pero (siempre hay un pero) la pobre chica tenía un desajuste mental u hormonal muy grande. No sé si el sexo la mantenía algo dopada o le hacía bien, pero la cosa comenzó a degenerar. Ella era muy inestable, tenía prontos bruscos, vocingleros, nos fuimos alejando.
La última noche que estuve con ella (ya estaba con otra mujer, pero borracho como un perro acudí a su puerta) entré y, sin preguntar, me bajó los pantalones frente a su cama, se sentó y me la chupó de nuevo hasta correrme.
Cuando se me pasó la borrachera me desperté y pensé “¿Qué coño estoy haciendo aquí de nuevo?”. Y me largué.
Bien poco recuerdo de sus conversaciones, si es que las hubo y no me las inventé. Escribía poemas y prosa poética, al menos decía ella. Digamos que no era muy buena en eso.

Marzo 18, 2008

Mi primera vez (¡Cuidado con el topicazo!)

Allí estaba ella, preciosa como una princesa enfundada en telas bordadas por los animalillos del bosque. Y una mierda. Aquel día llevaba preparándose casi un mes. Una fecha señalada, el solsticio de verano, la noche de San Juan, el fin de las clases. Lara me había exigido casi textualmente que por Dios y por la Virgen (qué gracia) la llevara a una habitación de hotel a perder su virginidad. Conmigo, un chaval dos años mayor que ella, de pelo largo, delincuente, estrafalario y algo chiflado.
Por supuesto no la defraudé, yo también la deseaba y llevábamos ya tiempo juntos. La verdad es que estaba como un pan. Recuerdo que aquel día se vistió de prostituta. No era muy extraño en ella, la verdad, ni lo es en las jovencitas de 15 y 16 de hoy. Iba igual vestida el día que empezamos a salir, sabía que ese día la iban a penetrar, le gustaba saberlo y que los demás lo supieran. Para que luego digan que el hábito no hace al monje.
El caso es que ella me dominaba, siempre lo hizo, era su efebo (que no su eunuco al menos), y lo siguió haciendo. Una lástima que después de años no supiera la de cosas que sucedieron a sus espaldas (para otro día). Al menos yo sé algunas de las que sucedieron fuera de mi alcance.
Compramos una cajetilla de tres condones, en una máquina automática para no quedar en evidencia, pensaba yo, y subimos a la habitación del Hotel París. Serían las 5 de la tarde. Yo vestía de punta en blanco, de lo poco decente que tenía, hasta me había pasado un agua por el pene. Yo también quería que todo fuera perfecto, y todo el mundo sabe las cosillas que pueden criar entre las pieles de alguien que no solía (pese a su adolescencia) masturbarse en demasía.
Al entrar en el cuarto ella estaba cachondísima. Yo tardé treinta segundos más en estarlo. Lara y yo nos medio desnudamos, juntos, tocándonos con presteza. Sobre ella, sin camiseta, me desbordé y terminamos de despojar las ropas.
Lucía un cuerpo precioso, terso y joven, unos pechos grandes para su edad y su pelvis estaba bastante recortadita. Me lo pidió y me puse uno de los preservativos, obediente. Luego me pidió delicadeza y la joven comenzó a sonrojarse en cuanto acerqué el jugoso látex por su vagina. Pareció por unos momentos como si algo la hubiese hecho daño, pero su cara estaba algo descolocada. No me miraba, ojos cerrados y labios mordidos, sólo disfrutaba. Empujé varias veces, excitado también, por supuesto. Y pensé “¿esto es hacerlo?, bueno, pues es como en las películas.” Me mandé callar cuando ella gimió. ”Concéntrate”, me dije. Me volvió loco con sus gemidos. Tiempo después me daría cuenta de que es lo que más me enloquece de follar con una mujer. Bueno, de lo que más.
Sin duda ella se iba. Apreté el paso, la embestí fuertemente y disfrutó más. Pensé en lo mucho que la estaba gustando, por una vez era sincera, me empujaba con sus manos sobre su cuerpo, frenética. Luego se sobresaltó, miró hacia ningún sitio y supe que había tenido un orgasmo. Bueno, ella sabrá, yo creo que sí, y así lo contaré (ahora las mujeres piensan que somos gilipollas, es mejor que pensar que no nos importa). El caso es que poco después yo también me corrí. Lo raro es que tardé un buen rato, creo que había sido demasiado forzado, tenía la cabeza en otros lares, quizá nervioso, y me costó concentrarme. Pero luego hubo paz.
Durante el pitillo de después vi que las sábanas habían adoptado un color rojizo en la zona cero. Tonto no era, pese a que ella lo trató de tapar rápidamente. Nunca le dije nada sobre eso, y sería una de las pocas ocasiones donde debió pasar algo de lo conocido como vergüenza. Puede que solo un poquito de pudor. Volvió a enamorarme. Porque sí, yo estaba enamorado.
Un buen rato de achuchones después volvimos a la carga y, resumo, en el momento crítico, o sea, al poner el condón, se me rompió. Ahora no creo que realmente se rompiera, pero fue lo que me pareció. Lo tiré y me puse el que quedaba, con mayor delicadeza. Me costó darme cuenta de que se desenrollaba por fuera.
Esta vez ella se montó sobre mí. Creo que duramos más tiempo.

Aún no había anochecido cuando dejamos la habitación. Ella bajó cabizbaja, como queriendo ocultar la marca de que la habían desvirgado de sus mejillas. Cosa que la duró varios días. Fue algo que me enamoró, la humanidad que aquellos días Lara tenía. Durante aquella temporada fue una mujer. Poco después le cogió el gusto y, en fin, volvió a ser como una prostituta. Pero de verdad. Y no lo digo en mal sentido, de veras, si algo saben hacer las prostitutas es dar placer sexual, y Lara no era manca.

Bienvenidos, lectores ávidos de experiencias

Es un placer conocerte, pequeño lector. Mi nombre es Ernest Ribau Berthrod.
Si ya estás pensando en de dónde narices será este tipo, si francés, ruso o pakistaní, creo que no te conviene seguir leyendo, puesto que es lo de menos.

Bien. Todo este rollo de los blogs, cosa cargada de literatos de colilla y taberna, siempre me ha parecido cosa burda y fugaz. Sobre todo cosa hipócrita. Como yo. Y como literato de pacotilla y cínico redomado, no sufro vergüenza alguna al postear (dios mío, ¿qué es eso?) mientras pongo a parir a quien lo hace. Vamos, que ni colorado.

Pero este no es el caso, para nada, de mi intención de sembrar algo de mi paso por la vida en los aledaños del WordPress. El caso es representar ciertas escenas de la vida que me han parecido dignas de relatar, y que espero os desagraden tanto como a mi. Que no es poco. Por eso en muchos casos los nombres serán ficticios, y cualquier coincidencia con la realidad será realizada a propósito. Y con mala fe.

Eso sí, a poder ser abstenerse de comentarios políticamente correctos (qué manidas estas palabras…) ya que me gusta hablar de manera realista. Digamos que ciertas palabras que en lugares públicos están mal vistas las emplearé. Eso sí, trataré de que todas estén en el diccionario.

Concreción.

Experiencias, sí, sexuales. Y sus derivados. Esos serán mis cuentos, probablemente poco soportables, mi aportación infravalorada y precoz sobre lo que a los hombres como yo, que espero no sean muchos, les pasa por la cabeza. Por las dos. Método recomendado por el Instituto de Reprimidos de Seattle (todo ocurre en Seattle) para eyacular esas ideas fetichistas y depravadas que nos rondan o hemos llevado a cabo.

Así que sin más.

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