Blog de Ernest Ribau Berthrod

noviembre 11, 2008

Las tres vampiras

 

Estaba escribiendo sobre una vez que, tras meterme algo de coca en el baño, y me di cuenta de que la mayoría de mis experiencias sexuales dignas de mención sucedieron bajo la supervisión y comprensión de mis amigos alcohol y drogas. Tampoco es ningún paradigma, es solo que parece un recurso literario repetitivo y cansino. Claro que por otro lado es una característica del personaje, desprenderme de las alusiones a la cocaína, el alcohol y cualquier otra (speed, pastillas, mdma, lsd, tabaco,…) sería como retirarle la varita a Harry Potter o no mencionar los puros de Colombo. Tampoco quiero hacer apología de la drogadcción. Las drogas son malas. (Si las drogas son malas y de lo que se como se cría, silogismo: ¿Soy malo? ¿Mis crías serán malas?)

 

Como decía, salí del baño y sonreí como un endiablado niño que elucubra una nueva maldad: las tres estaban allí, esperándome. Sobre la cama reposaban lascivos y carnosos sus cuerpos voluptuosos. Mónica estaba a mi izquierda, Salma en el centro y Angelina en la derecha. Aunque, a decir verdad, estaban tan bien entrelazadas que no podría haberlo jurado.

 

Me di cuenta que ni con toda la cocaína del mundo, ni con todas las duchas frías ni cantidades ingentes de bromuro podría echar abajo aquel momento. Aspiré violentamente un moquillo inexistente en mi nariz y me acerqué a la cama quitándome la camiseta. De repente pude oír la inexistente música, porque comenzó a sonar “Rock is dead” de Marilyn Manson a todo volumen. La situación se desbocó por completo y la lujuria se apoderó de nuestras almas.

 

Salma se acercó al borde de la cama en el que me encontraba, sobre sus brazos frotando sus pechos con las sábanas, provocativa y muy sexy. Se sentó en el extremo, volcó su cabello oscuro hacia atrás y me agarró por el cinturón. Acarició mi pecho con su delgada y fría mano, mis piernas con sus senos, y me despojó del presionado vaquero. Exhalé y vi a Mónica y Angelina tocarse, besarse, mientras el fresco roce de Salma me desquiciaba las otras dos se enlazaron en vorágines de lésbico placer sexual. Mónica dejaba ver su corsé debajo del arrugado vestido de Angelina, una sobre la otra, rozaron sus lenguas, sus pezones y sus muslos carnosos y blanquecinos. La de abajo deslizó las braguitas de Angelina y las arrojó por el aire. Luego colocó su mano y su pierna por entre la suya, gimieron, Mónica mordió su labio y sintió sus dedos. Sus pechos se aplastaban contra los de Mónica, sus dedos se deslizaron por el sexo de la otra y se movieron al ritmo de la música, salvajes y despojadas de autocontrol. Y Salma introdujo mi sexo por su boca, apoyada en mi cintura, jubilosa e impaciente, de principio a fin, una y otra vez. Me miraba a los ojos lascivamente cuando fijé la mirada en cómo lo hacía y pegó su frente en mi ombligo. El placer me hizo mirar al techo y sentí que si no me agarraba me caería al suelo. Sacó el miembro de su garganta, respiró ajetreadamente y tragó saliva. Se recostó hacia atrás, agarró a Angelina, ésta sonrió y se deshizo de Mónica. Besó la lengua y toda la boca de Salma mientras se colocaba sobre ella, ofreciéndome su trasero húmedo y semitapado por el encogido vestido. Eché la oscura tela hacia delante, la agarré por la cintura y penetré su sexo lentamente mientras ella se arqueaba de placer, chilló levemente y Mónica colocó sus tetas sobre Angelina, abrió las piernas sobre la cabeza de Salma y también chilló. Apretó la cabeza de Mónica contra sus pechos fuertemente y Salma agarró mi pene mientras lo introducía una y otra vez dentro de Angelina. Una y otra vez, Angelina gimiendo con la boca llena, muda, como Salma, y Mónica emitiendo placer auditivo. Dios mío, me dije, nunca había gozado tanto en la cama.

 

Pieles suaves, carne, placer sexual, lascivia, lujuria, mujeres, drogas, sexo, rock and roll, lenguas, clítoris, labios apretados, gemidos de placer y alcohol. Me tumbaron en la cama y me dejé hacer, excitado y algo descentrado. Angelina también quiso probarme, sus labios turgentes devoraron mi pene de nuevo. Mónica se sentó sobre mí y me dio sus grandes pechos a degustar. Salma agarró el largo cabello negro de Angelina, aferró su cuello y la agitó arriba y abajo dándome sexo desbocado. Mónica extendió sus manos sobre mi pecho y yo apreté uno de los suyos, fuerte, y mordí su pezón. Ella chilló y Angelina rezumaba sin que Salma detuviera el placentero movimiento arriba y abajo, yo notaba como traspasaba su cuerpo desde los labios y como su saliva se deslizaba por mi cuerpo.

 

Las uñas de Mónica me hicieron sangre en el pecho, y me gustó, ella se la llevó a la boca y se retorció de placer. Yo, a cambio, la mordí fuertemente el pezón y ella me apretó contra él, sangró, dulce, caliente, delicioso. La sangre arrolló por mi boca y su pecho. Luego pegó sus labios a mi herida y sentí placer, yo saboreé la sangre de su pecho y nos estremecimos. Salma detuvo la cabeza de Angelina, que me realizó una pequeña herida en el miembro, con sus dientes. Me sobresalté, pero al ver su boca ansiosa relamer el rojizo líquido, sentí que seguía igual de excitado y la dejé seguir chupando de mi miembro. Ella lo agarró con su mano y metió la zona sangrante en su paladar, y bombeó, sangre, rojo líquido caliente y placentero arrollando por mi cuerpo. Tuve un escalofrío, pero su sangre era dulce, me gustó, Salma estaba sobre mí también y con una uña se practicó una herida en el bajo vientre, sobre mi boca chorreaba su sexo sanguinolento. Yo tendí mi cabeza y mamé de su líquido vital por entre sus labios vaginales y Angelina dejaba sus trabajos orales para montar sobre mi enrojecido miembro. Percibí la vibración de su cuerpo y el deshacerse de la sangre corriendo entre los dos. Y sentía calor, lejos de la hipotérmica sensación del desangre.

 

El placer, el dolor, la sangre me excitó en demasía y mordí en un arranque de pasión y sexo sin control el clítoris de Salma, sangró y me gustó, bebí su sangre, noté cómo Mónica disfrutaba también frotando su lengua contra mi herida sangrante del pecho, cómo Angelina no cejaba de botar sobre mí, chorreando sangre desde su boca abierta de placer desmedido. Noté que la situación era cada vez más incontrolada, más sádica, cómo el lujurioso placer sexual se estaba confundiendo, siendo uno con el sadomaso. Con el vampirismo. Perdía el sentido por momentos entre borbotones incontrolados de gemidos, pechos voluptuosos y chorreantes de sensaciones y tactos excitantes.

 

Me incorporé sobresaltado, sobre mis rodillas, mientras las tres hembras salvajes me miraban hambrientas, cubiertas de sangre, ríos que se deslizaban provocativos y deseosos desde sus bocas, pechos y muslos. Sus dientes no parecían caber dentro de sus bocas. Yo mismo no cabía en mí, desperdigaba mi sangre por la cama, y seguía excitado como en el primer momento. Puede que más. Ellas se dieron cuenta, Angelina y Salma colocaron a Mónica ante mí. La penetré, a cuatro patas y dándome la espalda, por su ano, como nunca había hecho antes. Jamás había sentido cómo era insertar mi pene entre lubricante rojizo y su apretado culo, mientras por su vagina corrían riadas de sangre. Ella mamaba de su propio pecho la sangre que antes le hice y se desplazaba adelante y atrás, fuerte, sobresaltada por sus propios chillidos de placer, de dolor, de las dos cosas unidas en húmedas y granates penetraciones anales. Angelina y Salma me flanquearon, colocaron mis brazos alrededor de sus cuerpos perfectos y apoyaron sus flagrantes tetas ensangrentadas en mi pecho. Angelina se relamía con la sangre que brotaba por la herida de mi pectoral y la otra se divertía saboreando mi cuello. Yo las correspondí apretando con mis dientes sus senos. Salma mordió suavemente mi cuello y noté cómo mamaba de él, me di cuenta de que los chillidos de Mónica eran terribles, de que cada vez había más sangre, de que era maravilloso estar ahí, penetrándola, sintiendo tanto placer, y clavé mis colmillos en uno de los pechos de Salma mientras la otra se retorcía de placer succionando mi sangre, yo comencé a beber la del cuerpo de Salma. Era deliciosa, dulce como el tacto del trasero de Angelina, fuerte como mis inserciones en Mónica y caliente como los pechos de Salma.

 

Me di cuenta de que sus sangres me llevaban poco a poco al éxtasis, los gritos de Mónica se apresuraron, los gemidos de Salma y Angelina cobraron vida, la sangre brotaba espesa y caliente, yo apreté emocionado el culo de Angelina, con mis colmillos el pecho de Salma mientras Mónica empujaba hasta el fondo y me fui.

 

Y, sin más, desperté de mi mayor y más terrible sueño/fantasía sexual. Un tanto confundido, la verdad. Confundido, y otras cosas. En fin, uno se droga y luego tiene pesadillas. Tendré que dejarlo…

 

septiembre 11, 2008

Desenfreno

El título define a la perfección una de las principales sensaciones que poblaron aquella noche. Solos en una casa, en la montaña, en un pueblo alejado de la mano de Dios, sin cercana vecindad… Recuerdo que hubo alcohol y drogas en un bar, muchas risas e historias de miedo, pero al llegar a la habitación nuestros cuerpos se deseaban. Funcionaban de manera ajena a nuestras mentes, de un modo desenfrenado necesitaban colisionar en un choque sexual infinito y placentero.

Las ropas volaron y tuve la necesidad de apretar con fuerza sus preciosos pechos, con mucha fuerza. Mi mandíbula enloquecía y no sabía qué hacer, ella me arañaba y frotamos piel contra piel. Casi nos hicimos daño, pero se trataba de un dolor increíblemente atractivo, vicioso e ilegal. No nos importó, no racionalizamos, no razonamos. Nos convertimos en animales, la azoté contra la cama y di uso a mis mandíbulas (más bien a mi músculo bucal), en aquel lugar afeitado en que sus piernas se juntaban. Ella se estremecía, apretaba mi cabeza con fuerza y gemía, mordisqueé su fruto suavemente, después desenfrenadamente. Me dejó casi sordo con sus muslos, chillaba de placer y yo enloquecí entre su órgano femenino. Deseaba darle más, que sintiera más, orgasmo, placer, dolor, sexo, y tantas otras cosas adyacentes…

Bebí de ella tanto como me permitió, hasta que tiró de mi cabeza hacia ella, nos relamimos como locos las bocas mientras susurrábamos incoherencias y nos decíamos marranadas. “Fóllame, quiero que me folles” o “Quiero seguir lamiéndote”, o simplemente suspiros de “joder” mientras apretaba sus grandes tetas, ver cómo se mordía sus labios era increíblemente excitante. Agarró mi pene con firmeza, casi famélica, y lo introdujo entre sus tetas, sentándome sobre ella. Unió senos, miembro y su boca, me indicó que aferrase su cabello y me moví excitado hacia delante… Dios… Sentí sus turgentes pechos, su húmeda boca y suave lengua alrededor de mi en numerosas pasadas…

Pero las drogas debieron hacer mucha mella en nosotros aquella noche pues tras lo que parecieron minutos después, seguíamos superexcitados y yo sin un ápice de intención de terminar la faena. Eso sí, las zonas reproductoras comenzaban a calentarse por rozamiento. Ella seguía muy excitada y se fue a por un vaso de agua. Me tumbé sobre la cama y al instante apareció de nuevo, sentó sobre mí abordándome con sus tetas. Cuando pensé que bebería, derramó poco a poco el agua por encima. Me abalancé sobre la cascada que recorría su torso como tratando de con mi boca beber todo aquel agua desperdiciada, disfrutando con los duros pezones que ahora tenía, con su tersa piel, la penetré mientras tanto hasta donde pude llegar. Ella vertía más agua, y se acumuló sobre mi barriga, se coló el frescor como la grasa en unos engranajes que no se detienen. Botó sobre mí, me aferró el pecho, humedecí su cabello al agarrarla con mis manos, apreté sus chorreantes pechos, el líquido elemento sonaba cuando nuestros cuerpos comenzaron a golpearse con más fuerza. El clímax estaba siendo implacable, el desenfreno brutal, sus chillidos indómitos y mis jadeos excitantes.

Volvimos a decirnos cosas, de nuevo, “¿te gusta?”, “quiero que te corras”, “fóllame”, retazos de sensaciones descritos por palabras simples y llanas, repugnantes y burdas pero excitantes y fruto del más deshinibido y placentero sexo.

Cuando nos volvimos, algo más tranquilos, dispuestos a descansar, contemplé que mi reloj marcaba cuatro horas después de la hora de llegada a la casa. Además, ya era de día. Al despertar, qué gracia, tenía algún que otro mordisco, moratón o chupetón (¿diferencia?), una cama empapada, suelo y ropas mojadas. Y una sensación de paz y placer que nunca antes había experimentado.

Un ratito después, repetíamos…

mayo 11, 2008

Sexo casual o fast food…

Haciendo honor al título, hablaré del sexo casual en general, ya que es una experincia digna y promiscua. En algunos casos menos digna, pero es lo que hay…

Comenzaré por la que titula.

Fin de semana de diversión y desenfreno, como los que ya casi no hay, plagado de amigos, alcohol y drogas. La escena se sitúa en el baño de un local de mala muerte, como tantas escenas pintorescas que se dan cita en tales reductos de anticivismo y desmadre. Romero, que no es madero, me acompañaba en aquella ocasión, un tipo suprajuerguista que derrochaba sustancias estupefacientes. Los dos estábamos frenéticos, una artista la cocaína en esas cuestiones, en el lavabo nos caían gotas de sudor mientras el Romero se esmeraba cual albañil con la llana, creando rectilineas formas con el blanquecino polvo, con la lengua fuera. Se mete lo suyo y se larga.

Al salir se cruza con una chica que mira hacia dentro, intercambiamos miradas, la suya algo desenfocada. Antes de que pudiera cerrar la puerta, la chica se mete dentro, cierra con el cerrojo y sonrie. Quiere meterse algo, está bastante colocada ya y necesita más. La verdad es que no estoy seguro de si verdaderamente merecía la pena, pero en aquel momento la vi muy atractiva, así que me dejé querer. Le dije que no me quedaba más, que era una faena, que no podía dárselo y demás escusas (aunque la necesidad urgente de aspirar también me apretaba a mí…). Entonces se tambaleó un poco, luego se contoneó y se me acercó provocativa. Me agarró y nos besamos, me palpó la bragueta y me puso a cien. La impaciencia, el frenetismo, la farlopa y la excitación sexual se aunaron para circular por mis venas y nos enredamos. Ella susurraba si ya me había convencido (yo no podía decirle que sí, se hubiera terminado), y luego descendió por mi pecho, se acuclilló en el suelo, me desabrochó los pantalones, sujetó el proyectil y armó la cabeza nuclear.

Y comenzó a realizar un trabajo profesional, con saña y frenesí, sin detenerse salvo para tomar un poco de aliento. Yo estaba algo colocado (había bebido también) y a la chica le costó un buen rato de felación conseguir que, como un descosido, eyaculara. Se frotó los labios y barbilla con el antebrazo, limpiándose algunas babas y me dijo al oído mientras yo aún abocanaba “¿Qué, te he convencido?”.

Sonreí mientras ella se metía lo que había sobre la tarjeta. Se volvió, reconfortada, me miró con placer y se largó. Parece increíble lo que una joven es capaz de hacer por algo tan nimio como un raya. Después de que se fuera saqué la bolsita y me preparé algo para mí.

Mi amigo Romero nunca llegó a creerse la historia del todo, a día de hoy ni siquiera yo estoy seguro de que ocurriese, pero son gajes del mundillo. Seguro que la muchacha había hecho cosas peores, por menos y sin ni siquiera recordarlo. No volví a encontrármela, pero cada vez que estoy en un lavabo realizando labores de toxicómano, pienso en ella.

 

 

abril 16, 2008

Carnaval, carnaval

Hubo un tiempo en que durante las festividades de carnaval los jóvenes nos disfrazábamos con ropas de monjes y porras de plástico. Golpeábamos a las chicas y cantábamos el “Organuspópulus” con voces guturales. La historia transcurre en una de estas situaciones. Intimamos el grupo de monjes con un grupillo de jovencitas que también estaban disfrazadas. Alguna diablesa-sexy, vampiresa-sexy, enfermera-sexy. Y aunque esto parezca extraño, no puede ser otra cosa que cierto: mientras el hombre utiliza el carnaval para disfrazarse de algo divertido, la mujer siempre lo hace de manera que pueda seguir provocando las envidias y miradas del sexo opuesto. Obviamente para ello no elige disfrazarse de gallina Caponata o de niña del exorcista (bueno, eso tal vez sí tenga su morbillo…), sino de los clásicos estereotipos de mujer que atraen a un hombre (muchas veces a causa de malas películas porno, todo hay que decirlo), pero que funcionan a la perfección. Por eso en su mayoría utilizan la enfermera, vampiresa, diablesa, barbarellas (porque si fueran trogloditas de verdad, se les congelaría el culo), brujas, cabareteras y, por supuesto, personajes de televisión o sex-symbols, léase una Marilyn Monroe o una Tomb Raider, como era el caso.
Sí, de eso se trata, de una belleza femenina de cortos y ceñidos pantalones, camiseta corta y pechos bien marcados, pelo trenzado y un par de pistolas.
La chica era simpática, pero llamaba la atención no por ello, sino por sus cualidades físicas. Tonteamos un poquillo, y ella estaba muy metida en su papel, disparaba ficticiamente con la pistola posando, pecho arriba, yo hacía como que trataba de secuestrarla con mi hábito, y me pareció que nada la importaba, que era feliz gustando a los demás, que era feliz porque sabía que gustaba a los demás. Creo que exactamente era feliz sabiendo que a su alrededor había gente que quería follarla, con todas las letras, sin ñoñerías ni carantoñas.
Para mí, creo, fue una suerte el que me eligiera de entre todos, claro que alguno ya se había largado con su vampiresa, y más aún que mis padres no estuvieran en casa. Se vino conmigo después de convencerla de que la lluvia estropearía su disfraz, y de que en mi casa estaríamos bien, pero ambos sabíamos lo que había.
Al llegar me fui, con picardía, a la habitación, me senté en la cama y me quité el disfraz. Ella me siguió y se sentó sobre mí. Se frotó durante minutos, gozando, como una diva por la que su fan número uno ha pagado millones por una noche. Me tumbó de un empujón y jugó con las pistolas, las pasaba por todo su cuerpo, tenso y excitado, apretaba sus tetas, pero no me miraba, le importaba un carajo lo que yo hiciese, ella se miraba a sí misma, le gustaba lo que se estaba haciendo y sabía que a mí me gustaba. La dejé hacer durante el tiempo que quiso. Se desnudó poco a poco, mientras huntaba su entrepierna sobre la mía, cada vez más frenética, se deshizo de la camiseta y las pistolas. Luego se abalanzó sobre mí y nos besamos durante otro rato. Yo gocé estrechando sus pechos, eran preciosos. Sería una 95 copa C (aproximadamente, sin entrar en detalles…). Luego se levantó, me desconcertó un poco porque ella sola, con su pantaloncito de Tomb Raider menguado por los movimientos (eran casi unas braguitas arrugadas), a cuatro patas, se contoneaba, mirándome. Me estaba invitando a que la penetrase, muy excitada con ella misma. Me incorporé y busqué la cajetilla de condones de la mesilla, me puse uno (ella mientras tanto seguía semigimiendo, contoneándose). De pie, la apreté hacia el borde de la cama y abrí espacio por entre su pantaloncillo. Estaba muy lubricada, así que realicé una incursión por el mapa de la zona, esquivando obstáculos. Resolví el puzzle de la estancia y conseguí el tesoro escondido, la así por sus muslos y la apreté contra mí, penetrándola hasta el fondo. Ahora sí que gimió. Se movía rítmicamente y se miraba a ella misma, miraba sus pechos, tocaba la tela del pantalon, y agitaba su trenza. Me excitaba mucho y sentí un impulso: la aferré por la trenza y tiré levemente hacia mí. Ella gozó y trató de incorporarse, mirando hacia detrás, como buscando al culpable de que la agarrasen del cabello. Con la otra mano abarqué su pecho cercano. La embestí velozmente, la hice chillar más y más, la tiré un poco más del cabello, la embestí de nuevo con fiereza, congestioné su teta, empujé de nuevo, sentí su trenza, escuché su voz sobresaltada y fuera de rango y finalmente desaparecí con fuertes espasmos de penetración y afianzamiento de sus pechos y cabellera.
Se quedó un buen rato tumbada tal cual, en la cama boca abajo, terminando de gozar y con los labios entreabiertos. La miré y pensé que me acababa de follar a la mismísima Lara Croft.
Ella, en cambio, creo que gozó con ella misma, me pareció de esas mujeres a las que las gusta más verse mientras las follan que el follarlas en sí mismo. La hubiera dado igual quién hubiera sido.
Yo, sin duda, subí de nivel.

abril 10, 2008

Experiencias profesionales (I)

El hombre pierde dos veces la virginidad, una con su pareja o amante y otra con una profesional (no siempre por ese orden). Lo que si es claro es que ambas experiencias son reseñables y por eso hay que hacer mención.
En mi caso, digna mención.
En situación: digamos que tomar un refrigerio en un burdel era algo ocasional, por no decir habitual, entre el grupo de amigos. Digamos que era divertido. Solía terminar muchas noches en antros de esa índole, acompañado de Rodrigo, por ejemplo. Rodrigo era hombre gracioso e impulsivo, echao p´alante, asturiano y poco agraciado. Esa noche habíamos tomado ya unas cuantas copas y llegamos al lupanar algo tullidos de cordura, pero repletos de alegría.
En nuestra juventud las mujeres de mal vivir suelen acercarse con bastante presteza. En aquella ocasión con la primera copa de güisqui se arrimaron dos brasileñas. Ambas rubinhas y de silueta atlética pero delicada. La suya con más delantera y la mía con mejor idioma. Hablar era lo que normalmente hacíamos con estas señoritas (por eso algunas terminaban por mandarnos al carajo), y eso fue lo que hicimos. Yo les contaba entre risitas que mi cualidad de poeta maldito terminaría por llevarme al éxito, aunque fuese post-mortem. Mi amigo Rodrigo fue por una noche, como yo, un virtuoso músico que pondría melodía a mis palabras, también de exitoso modo. Ellas, en su amplio conocimento poético y literario, se reían. La de mayor envergadura pectoral creo que lo hacía porque no entendía nada, o bien poquito. Ellas dijeron que eran hermanas. Nosotros quisimos creerlas, pero aún no estábamos borrachos (no se parecían en nada).
Le recité a mi brasilera unos versos de Bécquer, no recuerdo cuales, es igual, y sonrió. Qué fácil es ligar en un local de alterne, un par de versos y a la cama. Casi como en un local normal…
Un par de copas más tarde el jovial Rodrigo me pidió capital contante y sonante, al oído, para poder disfrutar en la intimidad de la brasileña. Yo nunca pude negar nada a un compañero de andanzas, y menos cuando era algo que estaba en mi mano. Le pasé los billetes que me quedaban y se largó, enormemente agradecido y perjurando la reintegración del importe, mientras apretaba a la joven contra sí. Entonces me quedé junto a la barra con la brasilera y me propuso hacer lo propio, lógicamente. Lo habitual hasta entonces siempre había sido terminar el güisqui en curso y retirarme, pero creo que fue el estúpido valor que te da el alcohol el que me impulsó a dar el paso. La miré de arriba a abajo. Rubia, pelo largo, ropita ajustada, un buen culo… Eso también ayudó.
Cuando llegué a la “caseta de cobro” me hallé sin un duro, ella me dijo que una hora, tanto, y se pegó a mí. Momentos después estaba pagando con tarjeta y firmando un recibo, como si acabase de hacer la compra del mes en Carrefour.
Un cuarto con baño. Me llevó al vidé y me pidió que me lavase un poquito. Me bajé los pantalones y así lo hice, la pobre chica tenía derecho a, por lo menos, pizca de higiene. Luego se me pegó como un pulpo, me desnudó enterito y se arrodilló para gestionar mi erección. Ella, durante un buen rato, negoció con mi pene y llegó a un acuerdo oral muy generoso. Deslizaba sus manos por mi vientre y pecho. Detuvo su boca y me dijo que estaba muy atractivo, o algo así (tenía unos buenos abdominales, en aquellos tiempos). Disfruté pensando que a ella le podía gustar también lo que le estaba haciendo, pese a conocer los pormenores de las transacciones dinero-sexo. Me puso un preservativo, muy profesionalmente eso sí, diría que casi mejor que yo mismo, y me tiró sobre la cama. Luego terminó de desnudarse y se sentó sobre mi entrepierna. Botó durante otro buen rato mientras disfrutaba de su cuerpo y de sus caderas, de su movimiento pélvico y del tacto de su trasero bajo mis dedos… Comencé a perder la razón a causa del placer. Ella debió percibirlo y escapó de mi lujuria. Me incorporé y ella me dio la espalda, más bien su redondo y perfecto culo. La aferré deseoso por las caderas mientras ella arqueaba la espalda y volví a penetrarla, oscilábamos frenéticos, golpeando rítmicamente mi cintura contra sus gluteos. No pude más, ella gemía y gemía, me decía cosas que o no entendí o he olvidado, y la apreté contra mí con vigor. Con rigor.
Aún nos quedaron unos minutos para fumar un cigarrillo juntos, desnudos sobre la cama. Ella me preguntó de nuevo por la poesía y a mi ya no me apetecía seguir con la historia. Dijo que su novio la escribía poemas al móvil e insistió en que viera alguno.
No sé qué le haría su “novio” en la cama, pero lo que era poesía, poquita.

P.D.: Mi amigo Rodrigo tuvo una buena experiencia también, de hecho repitió varias veces, después con otras, y aún suele optar por la opción del pay-per-sex. Nunca me devolvió aquel dinero.
Yo no volví a ver a la brasileña.

marzo 23, 2008

La obsesión de Ana

Qué recuerdos.
De Ana aprendí muchas cosas sobre las mujeres. No sé si sobre todas en general o sobre las que estaban tan piradas como ella solamente. Pero como en todo, siempre se aprende algo.
Como decía, de Ana aprendí lo que era una buena felación. Nunca supe por qué pero a aquella pequeña chica, mediría 1´60, le encantaba meter mi miembro en su boca.
A este respecto hay opiniones de toda índole. Dicen que a una mujer es imposible que le guste que le metan una polla, y si es grande menos, en la boca. Trataré de decirlo de manera menos soez. A la mujer, dicen, no le gusta que le inserten por el orificio bucal miembros sexuales masculinos.
De tomar esta afirmación por acertada, la chica que realiza tal acto debe hacerlo por algún motivo particular alternativo.
1.- Porque espera ser recompensada con el viceversa.
2.- Porque quiere ser actriz porno.
3.- Porque sabe que si lo hace bien, y sobre todo mucho, ese hombre no se le escapará.
4.- De manera altruista porque ama a su pareja y le desea el mayor placer.
5.- Trauma infantil (incluye las demás opciones que se le puedan ocurrir al lector)
Ejem.
El caso es que Ana no entra en ninguno de estos casos. Solamente una vez hubo cunilingus, pese a todo ni madera (ni cuerpo) de pornostar tenía. Si pensaba que no me iba a escapar, obviamente se equivocó. Y si fue de manera altruista, bravo por ella, consiguió lo deseado. El trauma infantil/familiar es una opción nada desdeñable, aunque entraría dentro de la enfermedad mental, y no me gustaría pensar que me aproveché de una enferma… Aunque lo estuviera.
Prefiero pensar, y me inclino, en que ella encontraba algún tipo de placer. Conozco tipos que se pasarían horas lamiendo clítoris y serían los más felices del mundo, me extraña pensar que no haya mujeres en el mismo caso.
La cuestión. Nuestro primer encuentro carnal fue en un local de tres al cuarto, semivacío y por semana. Ella era camarera de otro bar y tonteamos. Íbamos hasta su casa, pero en el antro nos precipitamos. Sentado sobre un sofá, copa de güisqui en mano, en semipenumbra, Ana se pegó a mí y comenzó la vorágine. La verdad es que tenía una boca pequeña incluso para besarla, recuerdo, lo cual no hacíamos mucho. Me metió mano pero bien. Me alteró la situación, pero estaba algo borracho y terminó por darme igual. Si a ella no le importaba…
Me frotó sus pechos redonditos y pequeños y descendió su cabeza hacia mi pelvis. Yo no daba mucho crédito, pero así fue, abrió la caja de pandora, frotó sus manos sobre la lámpara maravillosa para después meterse en la boca al genio de la botella. Agarró levemente con dos dedos donde se une con mi cuerpo y deslizó sus labios hacia allí una y otra vez. Mientras tanto me miraba, siempre me miraba con esos ojazos desviados de su órbita. “Madre de Dios, me estoy volviendo loco”. Como la boca estaba hecha a escala suya, le costaba trabajo llegar al final. Ahora pienso que le oprimiría en la garganta, pero en ese momento solo disfrutaba de lo que me pareció la típica guarra.
Uno está acostumbrado a realizar esas operaciones en los míticos “previos”, y a que sea, con suerte, algo cortito y excitante. Por eso, al ver con pleno placer que no detenía su frenesí, traté de mover su cabeza hacia arriba para retirarla. Ella seguía mirándome, separó un momento y me preguntó si tenía condones.
Creo que nunca he llevado condones encima. Paradójico.
Con mi negativa, ella volvió al trabajo. Y hacía muy bien su trabajo, de veras, no creo que pueda olvidarlo. Realmente no creo que pueda olvidaros a ninguna…
Cuando mi zenith llegaba se dio cuenta, se levantó y yo traté de dejarlo, pero siguió con la mano hasta que salpiqué su camiseta, henchido de orgasmo.
Ana era algo fuera de lo normal, como digo, ya que poco después inahuguré su ducha. Realizó la misma operación, pero esta vez no hubo detención manual. Mientras que la cascada me caía por la cabeza, observé cómo la llenaba de mis líquidos, arrodillada en la bañera. Qué imagen.
Después me preguntaría por si me había parecido algo “ratonero” (textualmente), me dió la sensación no de que a ella no le gustara, sino de que no estaba segura de que a mi me gustase. Curioso, pero pareció aliviada cuando enérgicamente la felicité por el inmenso placer. Incluso sonrió.
Un par de veces hicimos el amor, las noches siguientes (lo cual no quere decir que antes no hubiera felación). La semana que siguió, me dijo, tenía el periodo. Ella misma se vio en la obligación, me dijo, de no dejarme dormir sin eyacular y me propició mamada tras mamada. No seré cínico (bueno, por 5€ si lo desean, lo seré), a mi me encantaba.
Pero (siempre hay un pero) la pobre chica tenía un desajuste mental u hormonal muy grande. No sé si el sexo la mantenía algo dopada o le hacía bien, pero la cosa comenzó a degenerar. Ella era muy inestable, tenía prontos bruscos, vocingleros, nos fuimos alejando.
La última noche que estuve con ella (ya estaba con otra mujer, pero borracho como un perro acudí a su puerta) entré y, sin preguntar, me bajó los pantalones frente a su cama, se sentó y me la chupó de nuevo hasta correrme.
Cuando se me pasó la borrachera me desperté y pensé “¿Qué coño estoy haciendo aquí de nuevo?”. Y me largué.
Bien poco recuerdo de sus conversaciones, si es que las hubo y no me las inventé. Escribía poemas y prosa poética, al menos decía ella. Digamos que no era muy buena en eso.

marzo 18, 2008

Mi primera vez (¡Cuidado con el topicazo!)

Allí estaba ella, preciosa como una princesa enfundada en telas bordadas por los animalillos del bosque. Y una mierda. Aquel día llevaba preparándose casi un mes. Una fecha señalada, el solsticio de verano, la noche de San Juan, el fin de las clases. Lara me había exigido casi textualmente que por Dios y por la Virgen (qué gracia) la llevara a una habitación de hotel a perder su virginidad. Conmigo, un chaval dos años mayor que ella, de pelo largo, delincuente, estrafalario y algo chiflado.
Por supuesto no la defraudé, yo también la deseaba y llevábamos ya tiempo juntos. La verdad es que estaba como un pan. Recuerdo que aquel día se vistió de prostituta. No era muy extraño en ella, la verdad, ni lo es en las jovencitas de 15 y 16 de hoy. Iba igual vestida el día que empezamos a salir, sabía que ese día la iban a penetrar, le gustaba saberlo y que los demás lo supieran. Para que luego digan que el hábito no hace al monje.
El caso es que ella me dominaba, siempre lo hizo, era su efebo (que no su eunuco al menos), y lo siguió haciendo. Una lástima que después de años no supiera la de cosas que sucedieron a sus espaldas (para otro día). Al menos yo sé algunas de las que sucedieron fuera de mi alcance.
Compramos una cajetilla de tres condones, en una máquina automática para no quedar en evidencia, pensaba yo, y subimos a la habitación del Hotel París. Serían las 5 de la tarde. Yo vestía de punta en blanco, de lo poco decente que tenía, hasta me había pasado un agua por el pene. Yo también quería que todo fuera perfecto, y todo el mundo sabe las cosillas que pueden criar entre las pieles de alguien que no solía (pese a su adolescencia) masturbarse en demasía.
Al entrar en el cuarto ella estaba cachondísima. Yo tardé treinta segundos más en estarlo. Lara y yo nos medio desnudamos, juntos, tocándonos con presteza. Sobre ella, sin camiseta, me desbordé y terminamos de despojar las ropas.
Lucía un cuerpo precioso, terso y joven, unos pechos grandes para su edad y su pelvis estaba bastante recortadita. Me lo pidió y me puse uno de los preservativos, obediente. Luego me pidió delicadeza y la joven comenzó a sonrojarse en cuanto acerqué el jugoso látex por su vagina. Pareció por unos momentos como si algo la hubiese hecho daño, pero su cara estaba algo descolocada. No me miraba, ojos cerrados y labios mordidos, sólo disfrutaba. Empujé varias veces, excitado también, por supuesto. Y pensé “¿esto es hacerlo?, bueno, pues es como en las películas.” Me mandé callar cuando ella gimió. ”Concéntrate”, me dije. Me volvió loco con sus gemidos. Tiempo después me daría cuenta de que es lo que más me enloquece de follar con una mujer. Bueno, de lo que más.
Sin duda ella se iba. Apreté el paso, la embestí fuertemente y disfrutó más. Pensé en lo mucho que la estaba gustando, por una vez era sincera, me empujaba con sus manos sobre su cuerpo, frenética. Luego se sobresaltó, miró hacia ningún sitio y supe que había tenido un orgasmo. Bueno, ella sabrá, yo creo que sí, y así lo contaré (ahora las mujeres piensan que somos gilipollas, es mejor que pensar que no nos importa). El caso es que poco después yo también me corrí. Lo raro es que tardé un buen rato, creo que había sido demasiado forzado, tenía la cabeza en otros lares, quizá nervioso, y me costó concentrarme. Pero luego hubo paz.
Durante el pitillo de después vi que las sábanas habían adoptado un color rojizo en la zona cero. Tonto no era, pese a que ella lo trató de tapar rápidamente. Nunca le dije nada sobre eso, y sería una de las pocas ocasiones donde debió pasar algo de lo conocido como vergüenza. Puede que solo un poquito de pudor. Volvió a enamorarme. Porque sí, yo estaba enamorado.
Un buen rato de achuchones después volvimos a la carga y, resumo, en el momento crítico, o sea, al poner el condón, se me rompió. Ahora no creo que realmente se rompiera, pero fue lo que me pareció. Lo tiré y me puse el que quedaba, con mayor delicadeza. Me costó darme cuenta de que se desenrollaba por fuera.
Esta vez ella se montó sobre mí. Creo que duramos más tiempo.

Aún no había anochecido cuando dejamos la habitación. Ella bajó cabizbaja, como queriendo ocultar la marca de que la habían desvirgado de sus mejillas. Cosa que la duró varios días. Fue algo que me enamoró, la humanidad que aquellos días Lara tenía. Durante aquella temporada fue una mujer. Poco después le cogió el gusto y, en fin, volvió a ser como una prostituta. Pero de verdad. Y no lo digo en mal sentido, de veras, si algo saben hacer las prostitutas es dar placer sexual, y Lara no era manca.

Bienvenidos, lectores ávidos de experiencias

Es un placer conocerte, pequeño lector. Mi nombre es Ernest Ribau Berthrod.
Si ya estás pensando en de dónde narices será este tipo, si francés, ruso o pakistaní, creo que no te conviene seguir leyendo, puesto que es lo de menos.

Bien. Todo este rollo de los blogs, cosa cargada de literatos de colilla y taberna, siempre me ha parecido cosa burda y fugaz. Sobre todo cosa hipócrita. Como yo. Y como literato de pacotilla y cínico redomado, no sufro vergüenza alguna al postear (dios mío, ¿qué es eso?) mientras pongo a parir a quien lo hace. Vamos, que ni colorado.

Pero este no es el caso, para nada, de mi intención de sembrar algo de mi paso por la vida en los aledaños del WordPress. El caso es representar ciertas escenas de la vida que me han parecido dignas de relatar, y que espero os desagraden tanto como a mi. Que no es poco. Por eso en muchos casos los nombres serán ficticios, y cualquier coincidencia con la realidad será realizada a propósito. Y con mala fe.

Eso sí, a poder ser abstenerse de comentarios políticamente correctos (qué manidas estas palabras…) ya que me gusta hablar de manera realista. Digamos que ciertas palabras que en lugares públicos están mal vistas las emplearé. Eso sí, trataré de que todas estén en el diccionario.

Concreción.

Experiencias, sí, sexuales. Y sus derivados. Esos serán mis cuentos, probablemente poco soportables, mi aportación infravalorada y precoz sobre lo que a los hombres como yo, que espero no sean muchos, les pasa por la cabeza. Por las dos. Método recomendado por el Instituto de Reprimidos de Seattle (todo ocurre en Seattle) para eyacular esas ideas fetichistas y depravadas que nos rondan o hemos llevado a cabo.

Así que sin más.

Theme: Rubric. Blog de WordPress.com.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.