Sexo casual o fast food…
Haciendo honor al título, hablaré del sexo casual en general, ya que es una experincia digna y promiscua. En algunos casos menos digna, pero es lo que hay…
Comenzaré por la que titula.
Fin de semana de diversión y desenfreno, como los que ya casi no hay, plagado de amigos, alcohol y drogas. La escena se sitúa en el baño de un local de mala muerte, como tantas escenas pintorescas que se dan cita en tales reductos de anticivismo y desmadre. Romero, que no es madero, me acompañaba en aquella ocasión, un tipo suprajuerguista que derrochaba sustancias estupefacientes. Los dos estábamos frenéticos, una artista la cocaína en esas cuestiones, en el lavabo nos caían gotas de sudor mientras el Romero se esmeraba cual albañil con la llana, creando rectilineas formas con el blanquecino polvo, con la lengua fuera. Se mete lo suyo y se larga.
Al salir se cruza con una chica que mira hacia dentro, intercambiamos miradas, la suya algo desenfocada. Antes de que pudiera cerrar la puerta, la chica se mete dentro, cierra con el cerrojo y sonrie. Quiere meterse algo, está bastante colocada ya y necesita más. La verdad es que no estoy seguro de si verdaderamente merecía la pena, pero en aquel momento la vi muy atractiva, así que me dejé querer. Le dije que no me quedaba más, que era una faena, que no podía dárselo y demás escusas (aunque la necesidad urgente de aspirar también me apretaba a mí…). Entonces se tambaleó un poco, luego se contoneó y se me acercó provocativa. Me agarró y nos besamos, me palpó la bragueta y me puso a cien. La impaciencia, el frenetismo, la farlopa y la excitación sexual se aunaron para circular por mis venas y nos enredamos. Ella susurraba si ya me había convencido (yo no podía decirle que sí, se hubiera terminado), y luego descendió por mi pecho, se acuclilló en el suelo, me desabrochó los pantalones, sujetó el proyectil y armó la cabeza nuclear.
Y comenzó a realizar un trabajo profesional, con saña y frenesí, sin detenerse salvo para tomar un poco de aliento. Yo estaba algo colocado (había bebido también) y a la chica le costó un buen rato de felación conseguir que, como un descosido, eyaculara. Se frotó los labios y barbilla con el antebrazo, limpiándose algunas babas y me dijo al oído mientras yo aún abocanaba “¿Qué, te he convencido?”.
Sonreí mientras ella se metía lo que había sobre la tarjeta. Se volvió, reconfortada, me miró con placer y se largó. Parece increíble lo que una joven es capaz de hacer por algo tan nimio como un raya. Después de que se fuera saqué la bolsita y me preparé algo para mí.
Mi amigo Romero nunca llegó a creerse la historia del todo, a día de hoy ni siquiera yo estoy seguro de que ocurriese, pero son gajes del mundillo. Seguro que la muchacha había hecho cosas peores, por menos y sin ni siquiera recordarlo. No volví a encontrármela, pero cada vez que estoy en un lavabo realizando labores de toxicómano, pienso en ella.